Gregorio, que así le he decidido llamar, me mira extrañado. Quizás no sabe quién soy, ni qué será de su existencia a mi lado, pero tampoco me alarma mucho. Decido poner su pecera al lado del terrario de Jerry, la cobaya, para que se hagan compañía mutuamente durante mis escapadas. No tengo ni idea de si ya se habrán presentado, pero imagino que se llevarán bien, al fin y al cabo son vecinos.
Recorre el acuario de arriba a bajo, de diestra a siniestra... Después de un rato, creo que comienza a pensar en que su chalet no está mal para ser solo uno, creo que ya sabe que las casas, contra más pequeñas son menos se ha de limpiar; aunque creo que le da miedo el ánfora de arcilla cocida, al igual que el filtro, pero no la planta: ¿pudiera ser que fuera de ese reducido grupo de pensadores positivistas que ven los brotes verdes hasta en las plantas de plástico?
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