domingo, 1 de junio de 2014

Día tres (01.06.2014).

Hoy he pasado todo el día en la Feria del Libro de Madrid, compartiendo momentos inolvidables con la familia, los amigos, los conocidos y los desconocidos. ¡Ah! Y con los desconocidos que se convierten en conocidos, con los conocidos que se convierten en amigos y los amigos que se convierten en familia.

Gregorio ya está completamente habituado a su nuevo chalet. Por lo que veo, no ha parado en todo el día de recorrerlo por completo y, una cosa curiosa, se ha echado un amigo imaginario. Sí, mi pez, además de pensar, está un poco tarumba echándose amigos imaginarios. No sé cómo se lo imaginará realmente, pero le encanta mirarse y remirarse en las esquinas cóncavas donde se refleja así mismo. Todavía no sé cómo le habrá llamado o siquiera si es su amigo. ¿Y si en realidad es su enemigo? Ya lo sabremos.

Desde mi punto de vista (que no es más correcto estilísticamente hablando que "bajo mi punto de vista"), Gregorio, sabe que la cosa va mal, sí, creo que es consciente de que el mundo no se limita solo al cristal que retiene su masa acuosa en la que se conserva, sino que sabe que hay algo más allá. Pero qué le vamos a, hacer, son meras impresiones. Mañana veremos a ver qué tal.

sábado, 31 de mayo de 2014

Día dos (31.05.2014).

Hoy se ha levantado mirándome fijamente. Parece que con esos ojos saltones me exige que le eche un par de sus escamas disecadas de colores (que tienen que saber a rayos bajo mi criterio de humano, pero para él han de ser una verdadera delicia). Creo que en realidad preferiría un buen bocata de jamón serrano con tomate -y perdóname lector si te pillo en horas intempestivas para leer suculento manjar-, pero no le queda otra que chupar las piedras de río que poco alimentan y comerse como un poseso la dosis que le suministro.

He pensado que Buscando a Nemo, no sería una película edificante para Gregorio. No sé, no es por ese espíritu de tenacidad que el pobre pez payaso muestra a los espectadores buscando a su hijo, ni por el atrayente mundo de los bancos de peces y corrientes marinas, ¡nada de eso! Lo digo porque como le dé al señorito Gregorio por intentar saltar del acuario rumbo a la piscina, lo va a tener crudo: Primero porque está echa una pocilga y moriría por un exceso de nitritos y un colocón de amoniaco del quince y segundo porque tiene un paseillo hasta llegar a la misma, con lo cual, estoy seguro de que sería presa de cualquier gato que merodea por el patio. Así pues, película descartada.

Hoy le veo bastante inquieto, creo que está intentando hacer memoria; a lo mejor está pensando en si el ánfora estaba así desde el primer día, o si las piedras estaban más ricas anoche. Sea lo que sea, le tocará pensarlo mañana, por hoy, ya es hora de dormir.

viernes, 30 de mayo de 2014

Día uno. (30.06.2014)

Gregorio, que así le he decidido llamar, me mira extrañado. Quizás no sabe quién soy, ni qué será de su existencia a mi lado, pero tampoco me alarma mucho. Decido poner su pecera al lado del terrario de Jerry, la cobaya, para que se hagan compañía mutuamente durante mis escapadas. No tengo ni idea de si ya se habrán presentado, pero imagino que se llevarán bien, al fin y al cabo son vecinos.

Recorre el acuario de arriba a bajo, de diestra a siniestra... Después de un rato, creo que comienza a pensar en que su chalet no está mal para ser solo uno, creo que ya sabe que las casas, contra más pequeñas son menos se ha de limpiar; aunque creo que le da miedo el ánfora de arcilla cocida, al igual que el filtro, pero no la planta: ¿pudiera ser que fuera de ese reducido grupo de pensadores positivistas que ven los brotes verdes hasta en las plantas de plástico?






jueves, 29 de mayo de 2014

Nota introductoria -ojo al dato-.

No tengo ni puñetera idea de por qué lo estoy haciendo, y siendo sincero, yo creo que él tampoco tiene ni pajolera idea de lo que hace. Ante todo, querido/a lector/a (y señor que introduce las barras) en este blog no va a encontrar relatos dignos de ser leídos en las convenciones literarias, ni best-sellers como La curva de tu sonrisa (una novela fantástica de la que no puedo decir más porque soy el autor).

La cuestión es que hoy, cuando puse rumbo a la tienda de animales, me puse a contemplar con fascinación a la mayoría de los peces de agua fría, hasta que me topé con este ser. Lo tenía claro: este Giganturidae no es como los demás, el sinvergüenza piensa. Así pues, tomé mis dos euros con ochenta y cinco céntimos y puse rumbo a su nuevo hogar.

Ahora mismo estoy abriéndole un blog (¡toma ya! Un pez bloguero) con su consentimiento pleno, como ya os he citado antes, sé que piensa y que está conforme con la decisión que he tomado. Por mi parte, solo queda mi labor de transcripción de pensamientos diariamente.

Un saludo de mi parte y un aleteo-cabezazo contra el cristal, de Gregorio.